🥣🥣🥣🥣MOTE DE ÑAME
EL DIA QUE DESCUBRI EL ESPIRITU DEL MOTE DE ÑAME
INGREDIENTES:
Ñame + queso + cebolla + tomate + ají dulce + suero costeño + agua + sal y pimienta al gusto.
Aunque el título de este relato sugiere un tema esotérico o místico, les aseguro que todo fue real. Tengo testigos de lo sucedido, y quizá ellos podrían narrarlo mejor que yo. Fue una experiencia iniciática, comparable solo con los rituales de las plantas de poder, de esas que traen risas y bacanería, guardando las proporciones.
Todo comenzó con uno de esos regalos que los médicos solemos recibir como muestra de agradecimiento. Muchas veces, los pacientes nos premian con generosidad por la labor cumplida.
Otra versión del mote de ñame (o mote de queso)
Mi amigo y colega recibió una carga generosa de ñame espinoso, traído desde el valle del Bajo Sinú, una de las tierras más fértiles del planeta. Quienes saben del tema lo consideran un valle con magia en sus entrañas, solo comparable con el del Nilo o la Media Luna del Tigris y el Éufrates. Así lo decía el paciente que trajo el ñame, con el orgullo de quien viene de tierras donde el porro palitiao compite con el porro tapao, donde la música brota como el arroz y la alegría es parte del diario vivir, entre cantos de vaquería y décimas épicas de pie forzao.
Imaginen la carga ancestral de ese ñame, cultivado con un destino claro desde su siembra: convertirse en uno de los platos más emblemáticos de Córdoba, Sucre y Bolívar. Un delicioso mote de ñame.
Solo o acompañado, es un plato completo y saciante
Ese día decidimos aprovechar la frescura de la carga. Pelamos el ñame con guantes, porque este tubérculo produce una rasquiña solo comparable con la de la pringamoza (ortiga). Curiosamente, el ñame pareció expresarnos cómo quería ser picado y preparado.
Terminó en una olla sopera, cortado en cubos, hirviendo en agua. A medida que se cocinaba, el vapor desprendía un aroma terroso, ese olor nostálgico de la lluvia sobre la tierra en la Costa.
En media hora, ya estaba blando. En la misma olla, agregamos más agua y un frítiti, término costeño para un hogao con un toque especial: además del ajo, la cebolla y el tomate tradicionales, incluimos ají dulce y lo sofreímos en aceite achiotado para darle color. Luego añadimos cubitos de queso costeño semiblando, de poca sal, y un chorro abundante de suero costeño. Tras cinco minutos más de fuego lento, el plato estaba listo.
Servimos generosas porciones en hondos platos sancocheros. Este plato, solo o acompañado de bocachico frito, es una delicia. Pero en esta ocasión, mis comensales eran y siguen siendo vegetarianos.
Tan rico estaba que todos repetimos. Con las barrigas llenas y sonrisas de oreja a oreja, nos quedamos conversando, riendo de las bobadas que surgen tras una comilona satisfactoria.
El espíritu del mote de ñame
Quince minutos después del almuerzo, lo supimos: queríamos dormir en hamacas, no en camas. Nos invadió un sopor delicioso, una sensación de sueño al borde del sonambulismo. Pero no teníamos hamaca.
Nuestro tercer comensal, un paisa de Tracamandaca recién iniciado en el mote de ñame, apenas podía articular monosílabos entre risas. Para combatir el sueño, decidió lavar su motocicleta. Pero el ñame, cargado de música, antioxidantes y la cheveridad del magnesio y el calcio, lo doblegó.
El mote había activado en nosotros una descarga central de dopamina, una tormenta de leptinas y una sensación de plenitud. Y entonces lo entendí: el mote de ñame lleva impreso en sus sustancias el espíritu apacible de quienes bailan María Varilla o rinden homenaje a su butaca en Rabo Largo...